Frase célebre

Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien ya está cerca.

Cervantes

El Quijote

  • Filosofía

Detrás de la cita

Una esperanza pronunciada con los dientes rotos y las alforjas vacías

La frase parece una serena reflexión sobre los ciclos de la fortuna, pero Cervantes la coloca en una escena bastante menos solemne. Don Quijote acaba maltrecho, ha perdido varios dientes y Sancho descubre que sus alforjas han desaparecido. En medio de ese desastre, el caballero interpreta la acumulación de males como prueba de que el bien debe de estar próximo.

El razonamiento se apoya en una intuición antigua: nada humano dura para siempre. Si ni el bien ni el mal son permanentes y la mala racha se ha prolongado, el cambio favorable parece cada vez más cercano. Don Quijote convierte así el tiempo en aliado. No dispone de indicios concretos para esperar una mejora; dispone de la imposibilidad de que la tormenta sea eterna.

La cita pertenece al capítulo XVIII de la primera parte del Quijote. Esa localización importa porque muestra el mecanismo de la novela: la voz idealista de don Quijote no queda anulada, pero tampoco queda sola. Sancho añade cuerpo, hambre y memoria. Entre ambos construyen una verdad más completa que la de cualquiera de los dos por separado.

La esperanza del caballero puede parecer una variante de la falacia del jugador: después de muchas pérdidas, una victoria no es matemáticamente obligatoria. Sin embargo, como disposición vital cumple otra función. Le permite levantarse, seguir y no convertir la desgracia presente en una definición permanente del futuro.

Leída hoy, la frase invita a conservar dos ideas a la vez. Ningún periodo difícil contiene por sí solo la promesa de que todo mejorará; hacen falta decisiones y ayuda concreta. Pero tampoco tiene derecho a presentarse como eterno. La esperanza más lúcida no niega las alforjas vacías: empieza por reconocerlas y, aun así, busca la salida de la borrasca.

Obra original consultada: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Don Quijote, primera parte, capítulo XVIII.

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